Ayer leí la noticia que refería la presentación pública en el Medija Centar de Belgrado (a cargo de Matija Bećković, Svetozar Stojanović y Ljiljana Smajlović) de las firmas de más de doscientas personalidades de la vida pública y cultural serbia pidiendo un referéndum sobre la adhesión de Serbia a la OTAN (
aquí).
Acto de presentación (en la web -en serbio-: aquí)
La opinión del pueblo serbio se revela fundamental en este proceso y no puede ser pasada por alto; es más, ningún político tiene el derecho de hurtarle a la ciudadanía la capacidad de decidir si desea o no entrar a formar parte de la mayor organización mafiosa a nivel mundial, a poco más de diez años desde que ésta le bombardeara. No podemos olvidar que este clan se sirvió de Yugoslavia como plataforma de lanzamiento para su ingreso en la nueva era (la del viejo orden) cuando todos pensaban que sus días estaban contados, que asesinó a seres humanos para condenar la muerte de otros (la muerte de una parte, olvidándose del resto) y propició la creación del primer estado étnico europeo del siglo XXI.
Hemos de recordar que la cooperación con la OTAN se inició inmediatamente después de los bombardeos (es decir, se recurrió a la más rastrera coacción), bajo el gobierno de Vojislav Koštunica, último Presidente de Yugoslavia (2000-2003) y anterior Primer Ministro de Serbia (2004-2008), con la solicitud en 2003 del ingreso en el PfP (Partnership for Peace), y el definitivo ingreso en 2006; este político (que durante años encabezó junto a Zoran Đinđić un debate público de filosofía política de embergadura en los diarios belgradenses), con la reciente firma del documento pidiendo el referéndum, confirma su condición pendular y ambigua (
recordemos), siempre sensible al silbido del viento de los tiempos... En 2009, con la firma del IPP (Individual Partnership Programme), Tadić ratifica el camino de la República Serbia hacia el ingreso en la banda atlántica y la traición y abandono de su propio pueblo. Bajo mi punto de vista, tanto Tadić como su ministro de exteriores Jeremić, después de seguir una política diplomática dirigida hacia la legitimidad institucional (cuyo fruto más reciente es la inclusión del debate en torno a Kosovo en la UE de la mano de la presidencia de turno española), puede tirar por tierra todo su trabajo de cara a una opinión pública que, si bien se ha acallado en los últimos meses, rechazará unánimente cualquier movimiento hacia la OTAN. En el país al que unos creen mortalmente dividido, mientras otros admiramos como sociedad moderna por la ejemplar pluralidad de voces que la conforman, si hay un tema que una a la población éste es sin lugar a dudas el rechazo a dicha organización.
Cómo el pueblo serbio se mantiene en pie dignamente después de los golpes sufridos aún representa para mí una gran incógnita...

